Hace unos meses se me presentó la posibilidad de optar a una beca para estudiar chino en una universidad China. Lo cierto es que mi primera intención era irme de Erasmus para comprobar si eran ciertas la cantidad de fiestas semanales que se corrían los estudiantes europeos. Pero lo pensé friamente y me dije "si te vas fuera, vete por todo lo alto". Así que eché los papeles para irme a China y llamarlo suerte o lo que sea porque me han concecido la beca.
Una vez que me dijeron que ya era oficial lo del viaje me empecé a dar cuenta del lio en el que me había metido yo solito:
Primero, China no está tan lejos... si lo comparamos con la distancia que hay a Japón, qué son 22 horas encerrado en un avión? No me preocupa tanto que se me rasguen los ojos como que me contagien la fiebre amarilla.
Segundo, a quién no le gusta la comida china? Pues a mi, pero oye desde que sé que voy a vivir más de 5 meses entre asiáticos, pues mira me he propuesto ir de vez en cuando a los aseados restaurantes chinos y de momento en cuatro meses he ido una vez... sé que debo ir más veces pero el médico me recomendó reposo después de la gastroenteritis que pillé por comer el puto rollito de primavera. Estaría en mal estado pero desde entonces cuando veo un chino me cambio de acera.
Otra cosa es cuando llegue a China. Allí voy a disfrutar con la comida. Pediré de primero sopa de aleta de tiburón -no era japonés?- y de segundo muslito crujiente de un caniche. No sé si me podré comer a cualquier raza de perro, pero mi proposito en china es degustar las patitas del mejor amigo del hombre.
jueves, 25 de junio de 2009
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